EN LA FIESTA DE LA TRANSVERBERACIÓN

Fuego que traspasa el corazón
Pocos santos en la Iglesia Católica tienen una doble celebración litúrgica; Santa Teresa es una de ellos ya que además  de la celebración de su día,  15 de octubre coincidiendo con el día más cercano a su muerte, desde el siglo XVIII se le añade otra fiesta, la de la Transverberación de su corazón. La «transverberación» (del latín «transverberatio», que significa «traspasar») es una experiencia mística de cercanía a Dios que implica un «fuego» y una «herida» en el corazón. Santa Teresa la describe así:
“Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla; aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada que dije primero. En esta visión quiso el Señor le viese así: no era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros y de otros a otros, que no lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento” (Vida 29,13)
 Otros santos que han experimentado este fenómeno místico: Catalina de Siena, Margarita María Alacoque, Pío de Pietrelcina, Francisco de Sales y Verónica Giuliani, entre otros.

“Hirióme con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador.
Yo ya no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí,
y yo soy para mi Amado”.

(Sobre aquellas palabras «dilectus meus mihi»)

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